
Tus ojos, tu vértigo,
un calambre en mi vientre,
gélido,
vagabundo,
inmenso,
desauciado.
El llamado poderoso
de un vacío que grita.
Un espiral deseosa
que entra en mi cuerpo
y destila mis poros
y los convierte en esta flecha lenta que soy.
No dejo de llamarte.
No he cesado la plegaria.
Iré siempre en este camino
de madera pintada
avanzando de rodillas
con los ojos cerrados,
invocando sensaciones caóticas,
mareándome de sed.
Trae a mi amor.
Tráelo de vuelta.
Déjame acurrucarlo en una cama
y verlo dormir.
Déjame su aire para que yo lo respire
y lo contenga en mí hasta que su sal me asfixie.
Dame otra vez su sabor.
Dame un minuto para caer sobre su cuerpo.
Porfavor, tú, trae sus manos tibias,
que el dolor me hace tan pequeña.
Déjalo volver a mi camino.
Déjame aquí, de rodillas,
con mis brazos abiertos llamarlo
hasta que vibre su nombre entre los dos.
Delfina
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