
Tengo pegado este camino enredado,
este salado brasero.
Salamandra
entre mis piernas dormidas y apretadas.
Tengo esta llama naranja gritando de infierno,
como aplauso furioso,
orando tu vibrante nombre,
extinguiéndose en la espera,
atacándome.
Lo entiendo y lo halago,
me inclino y toma un poco de esta reverencia fina
y mi piel desteñida.
Chispea cada palabra con la lengua
para que nunca me apague,
que este fuego se escribe con tinta de tierra y sabia
en mi pecho en mármol;
tú con la magia de tus manos,
tus manos con la propiedad de un Don.
Que cada zurco me recuerde mi momento original
y me evite extinguir con mis manos blandas
el fuego que tu boca eléctrica enciende.
Para dejarlo morir al sol.
Para que arda sin fin.
Para que quede en el aire y los hombres finales lo respiren
y nos vean
y sepan de dónde vienen.
Delfina.



