domingo, 22 de agosto de 2010

5



Tengo pegado este camino enredado,
este salado brasero.
Salamandra
entre mis piernas dormidas y apretadas.

Tengo esta llama naranja gritando de infierno,

como aplauso furioso,

orando tu vibrante nombre,

extinguiéndose en la espera,
atacándome.

Lo entiendo y lo halago,

me inclino y toma un poco de esta reverencia fina

y mi piel desteñida.

Chispea cada palabra con la lengua

para que nunca me apague,

que este fuego se escribe con tinta de tierra y sabia

en mi pecho en mármol;
tú con la magia de tus manos,

tus manos con la propiedad de un Don.

Que cada zurco me recuerde mi momento original

y me evite extinguir con mis manos blandas
el fuego que tu boca eléctrica enciende.

Para dejarlo morir al sol.

Para que arda sin fin.

Para que quede en el aire
y los hombres finales lo respiren
y nos vean

y sepan de dónde vienen.




Delfina.

4


Tus ojos, tu vértigo,
un calambre en mi vientre,

gélido,
vagabundo,

inmenso,
desauciado.

El llamado poderoso
de un vacío que grita.

Un espiral deseosa
que entra en mi cuerpo

y destila mis poros
y los convierte en esta flecha lenta que soy.

No dejo de llamarte.
No he cesado la plegaria.
Iré siempre en este camino
de madera pintada
avanzando de rodillas
con los ojos cerrados,
invocando sensaciones caóticas,
mareándome de sed.

Trae a mi amor.
Tráelo de vuelta.
Déjame acurrucarlo en una cama
y verlo dormir.
Déjame su aire para que yo lo respire
y lo contenga en mí hasta que su sal me asfixie.
Dame otra vez su sabor.
Dame un minuto para caer sobre su cuerpo.
Porfavor, tú, trae sus manos tibias,
que el dolor me hace tan pequeña.
Déjalo volver a mi camino.
Déjame aquí, de rodillas,
con mis brazos abiertos
llamarlo
hasta que vibre su nombre entre los dos.



Delfina

3


Detiene el derramamiento y el escarmiento
de mi gente suicidada y resucitada

cada lunes de su lecho,

viviendo la vida muerta,

cantando el silencio que posee su ira,
de adentro hacia afuera,
rayando la sombra que cae bajo sus ojos,

peinando los hilos que brotan de su cabeza.

Acariciando el sueño desgastado y reciclado para toda la vida.

Pisando tus huellas, preciosa, tus huellas,
cada lunes de tu lecho.

Cuándo dejan de marcar la piel.

Se remodelan sus camisas y sus caminos.
El espacio entre su cuello y su pecho

donde encaja con amor un cráneo humano.

Cuándo se desentierran y desempolvan y redescubren

las palabras de los dieciseis años.
Cuándo se ama porque sí,
y se deja de arrastrar vacíamente

por la propia vida y la propia verdad.

Cuándo se sienta y respira...rítmicamente...?

Hoy lunes.
En tu cama parecida al ayuno

de flores bordada,
lenta y rota.
En tus hijos, tus plantas, tus platos, tus murallas y sus cuadros,

para quedar un día ahí parada,

como flotando,

finalmente en silencio y mal peinada.

Ya está hecho.

Toma tu escenografía y guárdala,
y no llores
porque te estaré llorando yo.



Delfina.

2


Me mantengo ahí.
Con mis dedos sosteniéndome los labios.
Derritiendo el aire a mi alrededor.
Estoy lista.
Enlazo mi cuerpo con esto que sale,

que se dispara y que no me detiene

aunque lo miro inmóvil, impactada.

Alineado con el cáos.

Enamorada de su incoloridad,

la imaginaria presencia,

la segunda voz muda.

Mis párpados se caen porque mirar no sirve de nada.

Se caen y me encierran en un lugar que no termina.
Se me inyecta.

Corre por mi piel y me curva.

Tiemblo intimidada, cada segundo sorprendida.

Porqué existe, porqué vino a mí...

Porqué me deja reflejarla en mis manos

ahuyentadas del mundo y su corriente polvorienta.
Encontradas por mí, en este movimiento, en esta vida.
Vertiginosa sin forma.
Llena de hermosas sombras,
tan única en cada universo.

Mis manos fugitivas la tomaron con el cariño que yo no he sabido dejar salir jamás

y nunca llegaron a tocarla...

Me quedo pues.

Elijo este momento para el resto de la vida.

Yo me arrastro ahora.

Yo me ahogo.

Yo no puedo estar tranquila.

Yo me enamoré de esta forma.

Del vaivén que lleva mi pulso,
que me hace caer,
insistir, enojar, llorar,
volver a insistir,

morir, morir, morir

y seguir insistiendo,
aunque nunca llegue, insisto.




Delfina

1 Ángel


No habían águilas, no eran aves
y ese hombre volaba solo porque yo quité una a una sus plumas
y me las comí para llenar de su divinidad mi alma.
Y ví su pecho.
Quise tragar su valor y coraje, pero,
puedo comerme un ángel, más
no puedo comerme a un hombre.
Sus defectos humanos frente a mí,
ellos me detuvieron.
Me hicieron su hermana.
Ví en esos pardos la imperfección de la vida y el tiempo
y me detuve
a pesar de que seguía volando sin sus plumas
y seguía siendo divino.
...Tendré que acurrucarme en la nada a esperar.
Que llegue volando como ángel
y bese mi nuca como hombre.



Delfina