lunes, 20 de octubre de 2008

TE CONTARÉ UNA HISTORIA, AL SON DE GARDEL.





Era mágico verte enredar tus piernas con las de tú compañero al son de esa melancólica voz de macho tanguero. Hace la maraña pues niña, te repetía corrigiendo tu maestro de pelo cano y voz aflautada, sin embargo tu subconsciente sabía que debía ejecutar ese movimiento, y no lo hacías por que las enamoradizas ideas se aglomeraban en tú cabeza como las abejas en la miel y las moscas en la caca. Recordabas a cada vuelta, a cada milonga a ese hombre que te había conquistado y luego desechado, que te amó y se confundió, por ese amor perpetuo que había tenido en su barrio de Macul. Deseabas que el larguirucho bailarín que te acompañaba en las hazañas acrobáticas de tú danza trasandina, adquiriera su robusto cuerpo, su porte gallardo y aquellos bellos rizos color de trigo que poblaban su enumerada cabeza. Deseabas que él fuera ese hombre, deseabas nombrarlo a oído y enganchar tú pierna en esa entrepierna de muslos gordos por tanto deporte. Lo añorabas pero lamentablemente no se encontraba ahí, y lo único que podías oír era la voz aguda de tú profesor que se alzaba sobre tu loco idilio adolescente diciendo, ya pues niña, si no me tanguea bien, la echo y buscamos a otra dama para que nos deleite con el frenesí Argentino de la cumparsita.




Thomas Astorga

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