Los nervios de estar apunto de llegar…ese olor distinto del aire distinto…es para mí como volver a casa cada año, claro…es el lugar donde debería haber nacido. Mis términos suelen coincidir con el término de la vida en la ciudad, el relajo y el sol, es por eso que siempre llego limpia a este lugar, sola y renovada, o al menos con todas las intenciones de renovarme y volverme a equivocar mas tarde. El Pacífico es helado y refresca los pensamientos, hiela las ideas. Me sentía libre y apetecida. Será porque el verano alimenta la autoestima, será porque está lleno de colores y poca ropa. Será porque hacía muchísimo calor. Será porque habían crecido mis intenciones con la vida y el día a día y me conformaba cada vez menos y quería siempre algo más.
Un día, en una de esas conversaciones estúpidas de la noche con unos pocos grados y gente cantando en el ambiente, se unen grupos, gentes y apareció. Un tipo que se comportaba como un mosquito en los oídos. De esos con horror vacuo. Unos ojos relativamente pequeños y mirada verdadera, lleno de amigos nunca tan amigos, hechos nunca tan reales y memoria nunca tan precisa. Insistente, me molestó que me gustara su jugueteo infantil con un toque de intención. Lograba que me diera cuenta de que no me provocaba porque sí. Muy bien pensado…Tenía mucho tiempo para pensar, así que el episodio ocupó mi mente todo el día siguiente. Un poco de intriga, un poco de goce, un poco de eso que se siente cuando alguien vulnera el límite de la confianza, con mi consentimiento, casi. Con los días caía en su juego de niño y se hacía a veces hasta necesario. Antes de pisar cualquier lugar me aseguraba de que estaría allí para molestarme. Cuando la jornada era en familia, nos divisábamos de lejos. Estábamos siempre presentes para el otro, indirectamente juntos, tratando de sincronizar nuestros movimientos. Cuando iba a comprar helados pasaba por donde mejor me viera para que inventara en su cabeza una escusa que lo trajera a mí. Y aunque se esforzara por llegar, su actitud era siempre desafiante y me provocaba ganas de golpearlo. Nuestros diálogos no eran más que ironías burlonas que usábamos para ocultar el real deseo, las ganas irremediables de encontrarnos con ese momento en que ya no podríamos comportarnos como dos perros nuevos y quedara implícita su madurez, su cara de hombre ya sin chistes ni pendejadas, su cara de hombre mirándome, desafiándome otra vez, con ojos de que encontró la mujer que estuvo desenterrando todo este tiempo, la inmadura que seguía sus juegos ya con la paciencia colmada y ganas de definir. Frente a eso sólo quedaba abrir y cerrar los ojos, despabilar, dejar de imaginar tonteras y responderle a “ese imbésil” su inmadura falta de respeto. Ir a dormir después de algo así era frustrante y, la verdad, fue duro reconocerlo. Era vicioso el sentimiento de odio con olor a deseo. La imaginación no me dejaba dormir, me ponía ansiosa, no sabía si lo que estaba pasando era realmente lo que estaba pasando. Bien… un día lo supe. Sentada en esa plaza café con las gentes fueron pasando cosas que nos dejaron a él y a mí esperando en un sitio a alguien que probablemente no llegaría y a quien probablemente no era necesario esperar. Sin declarar para que no fuera una humillante derrota, aprovechamos la soledad que cada uno a su manera buscó… Como siempre, peleando casi a golpes y yo ahogada en mi afán, prácticamente tropecé con su boca. Y así, tropiezo tras tropiezo, me vi. Estaba enredada en un saco de dormir con “ese imbésil”, transpirado, mirándome con risa y ansiedad, con ojos de “te tengo, te encontré mía”, jadeando, yo buscando desesperada, descubriendo emocionada, jugando otra vez con él, pero con otra cara y otro clima aún mas caluroso. Quitándome la ropa como si estuviera en llamas quemándome la piel. Ninguno fue capaz de decir algo inteligente. Ni algo tonto. Simplemente nos callamos impactados e inquietos con lo que estaba pasando. Pensando cosas que no nos daban ninguna respuesta y mas que pensando, estábamos un poco viciados con la idea de seguir, no dejar pasar mas minutos, ridículos minutos, si no había mas que hablar, no había otra cosa que hacer que fuera mejor que lo que estábamos haciendo. Una más…otras más…aquí, allá…
Al final de todo…llego el momento de ser sincera y reconocer que fui yo la que lo besó, la que le quitó la ropa y ocupó su cuerpo como una herramienta. Una herramienta para conseguir placer y conseguirlo a él, y siendo imposible decírselo así, tal cual, me abalancé sobre su torso y descansé, y lo hice descansar con caricias y besos. Me dediqué con más paciencia a mirar su forma y la mía, sin decir una sola palabra. Me abrazaba, buscaba en mí las sombras para besarlas. A veces, cuando lo recuerdo, siento que quizá le obsesionaban las partes donde la piel es más frágil. Tampoco intentó decirme algo, no intento cambiar las cosas, ni explicarse nada, porque lo más probable es que, como yo, se sinceró consigo mismo. Presiento que nos hubiésemos quedado en ese saco toda la noche y el resto de nuestras vidas probando y saboreando de a poco cada combinación de su cuerpo con el mío, pero no había nada más que lo que habíamos hecho y era suficiente, si ninguno quiso hacer una declaración, una frase siquiera, algo que definiera lo que pasó para poder intuir que venía después.
Es curioso que estas cosas pasen siempre al final. Cuando se es niña, siempre se declaran los viernes…bueno pues para el lunes ya estará demasiando meditada la historia como para encontrarla siquiera interesante.
En la mañana voy al baño y me toca pasar por su sitio. Que hondo vacío y que grabada rabia tengo al recordar el momento en que pestañeo para convencerme. La familia histérica y apurada, unos hacen por acá otros por allá, guarda esto, bota aquello, dónde está! Dile que se apure ya nos vamos, termina ya con el juego y arma tu maleta. Su viaje ya era de vuelta. Que ganas de llorar. Que ganas de llevármelo y hacer el amor de nuevo. Otra y mil veces hasta sentir asco y no perder. Y recuerdo claramente que la noche anterior no quería que me hablara…tanto lo deseé que se dio cuenta? Tanto que no me dijo algo como… “me voy…”. Se fue…y hasta hoy es un símbolo de lo que deseo. Un refrán hecho carne. Nunca volví a omitir mis ganas, ahora hablo, breve, pero hablo y sobre todo asumo cuando quiero ir. A la cama.
Delfina.
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